Recién llegado a nuestra librería
el desertor

Él la siguió con la mirada durante unos instantes, y mientras la veía marcharse, tan joven y tan despreocupada, sintió ganas de llamarla a gritos para que regresara. Pero no lo hizo, porque sus pensamientos ya habían volado hasta el fuerte, y estaban ahora junto al Pandeleche, su joven cómplice. Una vez vio desparecer por completo a Wanda detrás de los juncos, se encendió un cigarrillo y fue, arrastrando los pies, con aspecto algo desmejorada, pero con una sensación de felicidad y pesadez en el pecho, hasta el sitio donde había decidido instalarse. Era un atardecer quieto y hermoso, y él tenía algo que recordaba a un ciudadano callado y decente, de los que no provocan quebraderos de cabeza a nadie. El atardecer de un ciudadano así no suscitaba, al menos en opinión de Proska, ninguna sospecha. En el cielo pacían, candorosas, las nubes; un rebaño mudo que hacía olvidar la guerra. La guerra, sí: una época en la que profileran los lugares de sangre exprimida y la poderosa furia del acero, la guerra… Una época en la que los carros de combate matan el paisaje con su mordedura imperturbable, la guerra… Una aventura, cruel y risible a un tiempo, en la que los hombres acaban metiéndose cuando pierden los estribos y enloquecen, en cuyos días escasean la indulgencia y la paciencia, porque el tiempo corre veloz en el segundero para todos y cada uno —y nadie sabe quién es el tenebroso personaje que maneja el cronómetro—, la guerra, la guerra, la guerra… El cristal del corazón hecho añicos, la marea viva con su jugo rojo, el cortocircuito de la nostalgia. ¡La guerra! ¡Quién eres tú, tú! ¡Tú, el papel secante del sueño! ¡Tú, que nos derribas con el acre aliento del horror y la miseria!